domingo, 4 de enero de 2026

proceso de limpieza

Me prometí volver a escribir en mi diario de lo cotidiano porque a mis 37 años requiero más que nunca voltear a ver donde no lo había hecho. 

Hace mucho tiempo pensé que existir me hacía merecedor de mis sueños, que mi casa se limpiaba sola y la escoba se movía como en las películas de Disney, al compás de un hechizo.  Porque creí que cada centavo que entraba en mi bolsa era para mi beneficio, porque el presente es lo que importa. Porque pensé que mi mamá sería eterna y por alguna extraña razón, pensé que mi cansancio era más profundo que el suyo, que tenía más derecho a ser feliz y que no tenía nada de malo sentirme apoyado. 

2026, me sacudiste como un terremoto. Me dejaste sin centavos y con mucho miedo a la escasez, se terminó la batería de mi escoba y me di cuenta que el granero en donde habitada sí era una consecuencia de mis hábitos de limpieza y me quitaste la venda de los ojos, mamá está cansada y jamás se quejó en toda su vida de cargar con el peso de su propia vida y sumarme de mancuerna por puro amor. 

Comienzo mi diario de lo cotidiano entendiendo que requiero limpiar. Tomar la escoba con mis manos y desempolvar mis demonios, tal cuál como lo hago con el piso. Permitir que el agua borre las manchas en la cocina y en mi pasado y limpiar los trastes sucios, como mis creencias.

Una acción tan pequeña como hacerme cargo me deja probar todo el ejercicio emocional del que me he perdido toda mi vida, pensando que soy un hombre privilegiado.

Hoy no tengo privilegios y sí una desventaja enorme en un marcador que voy a remontar, porque me amo y sobre todo porque la gente en mi vida merece la mejor versión de mí, igual que yo he creído merecerme todo solo por existir.

Gracias vida por obligarme a voltear a ver...

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